Biografía, De Gaulle, Francia, Gran Guerra 1914-1918, Segunda Guerra Mundial

Charles de Gaulle: una idea de Francia

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Pérez López, Pablo, Charles de Gaulle. Una idea de Francia
Acento, Madrid, 2003

191 páginas

Propone un recorrido por un siglo de historia del país vecino (1870-1970) acompasado con la vida del más ilustre de sus protagonistas: un hombre controvertido que se rebeló contra la derrota frente al nazismo y contra cierto modo de hacer política, que conjuró por dos veces el peligro de una guerra civil, y logró que se aceptara su peculiar manera de entender la vida pública francesa y el papel de Francia en el mundo.

El libro está actualmente descatalogado. Los interesados pueden contactar conmigo para leerlo.

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Una idea original de cine español sobre una historia apasionante

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Hace tiempo que suelo mencionar en clase, cuando hablo del desembarco de Normandía, a Juan Pujol, el espía español que fue agente doble británico, y uno de los dos hombres clave en la operación para engañar a Hitler con motivo del desembarco de Normandía. El otro era un polaco, qué coincidencia.

Es uno de esos españoles que merecen conocerse. Quizá por eso se hable poco de él, y nadie o casi nadie se preocupe de su historia o su memoria.

Su figura se ha ido conociendo algo más últimamente, pero para popularizarla hacía falta una película. Lo difícil, por su perfil biográfico —había combatido con Franco, y era netamente antinazi— era que alguien se animara a hacerlo. Pero ¡ha ocurrido! Edmond Roch, un director español, se ha animado con ello, y ha elaborado un producto realmente original que vale la pena conocer. José María Caparrós lo llama un thriller documental, y explica en su blog los méritos que encuentra en él, y lo inteligente de la solución: era la forma de abordar la tarea de forma barata, o no muy cara para ser más exactos.
Esta vez el cine histórico español está de enhorabuena. Habrá que celebrarlo, porque no ocurre muchas veces. El trailer está en youtube.
Ha recibido tres premios: Giraldillo de Oro al mejor documental en el Festival de Cine Europeo Sevilla Eurodoc 2009. Goya al Mejor largometraje documental en los XXIV Premios Goya 2010 y Mejor película documental y mejor guión en los II Premios Gaudí 2010.
En sala el ministerio le asigna poco más de 28.000 espectadores, que no está mal.
¡Enhorabuena Edmond, y muchas gracias!
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Humo humano. Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial y el fin de la civilización

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Nicholson Baker, Debate. Barcelona, 2009. T.O.: Human Smoke

 

El general alemán Franz Halder, un descontento con Hitler desde el principio, terminó la guerra encarcelado en un campo de concentración. Hacia el final de la contienda vio entrar en su celda copos de humo. Los llamó humo humano.

Un predicador norteamericano, John Haynes, pacifista y dramaturgo, expresó lo que pensaba recuperando una cita de San Agustín que describía una victoria romana en la que el conquistador acabó pareciéndose al conquistado: “el precioso tesoro de nuestra civilización está a punto de ser barrido.” Era el 14 de diciembre de 1941.

Con esos elementos se entiende mejor el título de esta obra cuyo estilo imitamos en los párrafos anteriores. Es un libro sin índice. No puede tenerlo porque no se estructura en capítulos ni epígrafes, únicamente en párrafos, o agrupaciones de párrafos que relatan o evocan unas palabras o unos hechos por lo general minuciosamente localizados. Escrito con un estilo deliberadamente sobrio, constituye un ejemplo de argumentación más emotiva que racional. No es la lógica lo que se impone, al menos no directamente, sino la impresión que transmiten un conjunto de pinceladas de técnica impresionista.

El autor consigue lo que pretende: transmitir unas ideas casi por con-sentimiento o compasión, sin agregar argumentaciones propias a lo que parecen meros enunciados de hechos o dichos. La fuerza argumental del texto se asemeja así a la que el cine documental tiene para los espectadores: da la impresión de que, simplemente, se está siendo testigo de hechos desnudos. Pero, evidentemente, no es eso lo que ocurre, al menos no es todo lo que sucede.

Al final del libro, cuando el autor culmina su brillante exposición, también desvela sobriamente su propósito: rendir homenaje a los pacifistas británicos y norteamericanos que intentaron salvar a los refugiados judíos, alimentar a Europa, reconciliar a Estados Unidos y Japón y evitar que estallara la guerra. «Fracasaron, pero tenían razón» (p. 528).

Así pues, Baker piensa que la guerra pudo haberse evitado si los pacifistas hubieran sido escuchados. No lo fueron, según él, porque los belicistas ganaron el debate político y condujeron al Reino Unido primero y a los Estados Unidos después, a una conflagración que tanto Churchill como Roosevelt deseaban. Los dos estadistas se nos presentan como belicistas e incluso brutales, obsesionado el primero con los bombardeos y el segundo con la marina. La descripción que se hace de su obstinación por ir a la guerra provoca que Hitler aparezca a veces como un moderado, y siempre como un moderable. Es necesaria esa comparación porque es la única forma de dar a entender que la guerra pudo haberse detenido mediante acciones pacíficas.

La contradicción que encierra esta argumentación con algunos hechos, ni se considera. Se recogen incluso datos difícilmente compatibles con la tesis del libro; pero eso no desvía su argumentación. Por ejemplo, se narra (pp. 88-89) cómo fue relevado de la jefatura del Estado Mayor alemán el general Beck en 1938 por oponerse a los planes de Hitler de anexionar Checoslovaquia. Se explica que le sustituyó su segundo, Halder, que conspiró con otros militares para derrocar a Hitler y evitar que el líder nazi provocara una nueva guerra mundial. Pero cuando su golpe iba a producirse, Chamberlain, el primer ministro británico, se avino a ceder Checoslovaquia con tal de evitar la guerra. «El general Halder, agotado y creyendo que la mejor oportunidad de derrocar a Hitler acababa de perderse, apoyó la cabeza en el escritorio y lloró.»

La de Chamberlain, aunque la más famosa, no fue la única decisión en línea de apaciguamiento, o pacifista, que se adoptó en esos años: y condujo a la guerra. Baker sostiene, en cambio, lo contrario. Pero es que su estilo permite mantener tesis contradictorias, como es propio de un discurso más emocional o sentimental que racional.

La obra tiene entre otros méritos hacer pensar sobre una realidad que ya ha sido puesta de relieve por los historiadores: la gravedad moral de las decisiones aliadas sobre el bombardeo de poblaciones civiles. Otra cosa es que se presente a Churchill como el más sanguinario inventor del bombardeo de las poblaciones civiles y el hostigador de un Hitler deseoso de detener la guerra. Esto segundo se compadece mal con multitud de hechos que no se mencionan. El más clamoroso es el caso de la Rusia comunista: a diferencia de Churchill, Stalin sí pactó con Hitler, trató de evitar la guerra, le facilitó importante ayuda y, finalmente, fue atacado y protagonizó la guerra más intensa en Europa, muchísimo más importante que la que se libró en el frente occidental, que parece ser la única para Baker. Puede que en este punto esté una de las omisiones más graves del libro.

Otro dato histórico relevante es que la obra se detiene el 31 de diciembre de 1941. Es decir, se centra en las razones por las que los Estados Unidos se vieron introducidos en la guerra, arrastrados, según el autor, por Churchill y el belicismo de Roosevelt frente a un Japón que aparece deseoso de evitarla. Hubiera sido una bonita historia, pero no hay manera de creerla viendo lo que Japón venía haciendo en Manchuria y en China desde 1931 y todavía más desde 1937.

La cuestión del holocausto judío mercería un comentario aparte. Baker sostiene que sin el empecinamiento belicista angloamericano, seguramente Hitler hubiera llevado adelante un programa de expulsión y reasentamiento judío, en Madagascar, por ejemplo, pero no una aniquilación sistemática.

Estamos, pues, en mi opinión, ante un libro interesante, que genera un sano desasosiego frente a la interpretación dominante de la Segunda Guerra Mundial, que ayuda a reflexionar sobre la responsabilidad moral y los errores de los Aliados, pero inconsistente al presentar algunos hechos, sobre todo por omisión y otras veces por falta de coherencia. No parece que vaya a ser el último en esta línea. Hoy mismo un diario español publica una entrevista con un autor que sostiene tesis parecidas. Setenta años después de su comienzo, y terminada la larga posguerra que se vivió como Guerra Fría, parece que entramos en una nueva fase de interpretación de la peor guerra de la historia.

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El precio y el fruto de no rendirse

John Lukacs, Sangre, sudor y lágrimas. Churchill y el discurso que ganó una guerra. Madrid. Turner (2008). T.o: Blood, Toil, Sweat and Tears. The Dire Warning.

Anna Mieszkowska. La madre de los niños del holocausto. Barcelona. Styria, (2008). 256 págs.

Dos traducciones recientes permiten acercase con perspectivas muy distintas al fenómeno de la resistencia frente a un poder adverso. Una, de John Lukacs, se focaliza en uno de los discursos más famosos de Winston Churchill, su primera alocución como Primer Ministro en el Parlamento, el 13 de mayo de 1940, mientras las tropas alemanas irrumpían imparables en los Países Bajos y en Francia.

Como le ha ocurrido a otras frases de Churchill, una de este discurso ha terminado por hacerse popular: «No tengo nada que ofrecer, salvo sangre, [fatiga], sudor y lágrimas». La palabra fatiga, toil, se ha escamoteado otra vez en la traducción tanto del título como del discurso, para desconcierto del lector y pervivencia del tópico castellano que prefiere una traducción inexacta. La otra historia evoca la vida de Irena Sendler, una asistente social polaca que salvó más de 2.500 niños judíos de una muerte segura en los años de ocupación alemana de Varsovia. Sendler es menos conocida, y sólo ha comenzado a hablarse más de ella en los últimos años, a raíz del interés mostrado por su vida por parte de unas jóvenes estudiantes norteamericanas.

El caso de Churchill nos coloca ante una historia que, como todas las humanas, encuentra en los momentos de dificultad algunos de los más intensos. La vida de Winston Churchill hasta 1940, y quizá también después, puede ser vista como una concatenación de fracasos. Así se titula una obra dedicada a este personaje que cita Lukacs. En 1939 su carrera política, y su prestigio, incluso dentro de su propio partido, estaban en su momento más bajo. Sin embargo, el fracaso de la política de Chamberlain, el jefe de su partido, acabó por conducirlo inesperadamente al frente del Reino Unido y del Imperio Británico en una hora crucial. El momento era muy grave, y así lo percibía el propio Churchill, que no estaba seguro de si se estaba todavía a tiempo de hacer algo que pudiera funcionar para parar a Hitler.

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Churchill y la decisión de resistir

Esta es la primera cuestión fundamental en la que cabe fijar una baliza para trazar paralelismos en la vida de estos resistentes: en el momento de la dificultad, incluso de la dificultad extrema, no dudaron en que debían seguir sosteniendo su ideal, y luchar por él aunque les acarreara la destrucción. Churchill debió enfrentarse a su partido, el Conservador, que no confiaba en él, y por tanto también a un Parlamento titubeante, y a unos compañeros de gobierno que dudaron muy seriamente en mayo de 1940, ante el hundimiento francés, si no había sonado la hora de pactar con Hitler y firmar la paz.

Uno de los puntos centrales en la vida política de este longevo hombre público fue esta decisión suya de no pactar, pasara lo que pasara, con los nazis, su convicción de que era preferible resistir y combatir, hasta perecer destruidos si fuera preciso, antes que acordar algo con ese enemigo y convertirlo en socio. La sola idea del pacto, y todavía más su firma, equivalían a una aniquilación más intensa y humillante que la muerte en combate. A los primeros que debió convencer de esto fue a sus compañeros del gabinete de guerra. Lo interesante es que lo consiguió, según apunta Lukacs, merced a su magnanimidad: la generosidad con que trató a los que eran sus adversarios en muchos sentidos, hizo posible que estos admitieran su política como aceptable, no concitaran al partido a enfrentarse a Churchill y votaran finalmente a favor de continuar la guerra.

Convicciones, capacidad oratoria y de negociación política, magnanimidad en la relación con los colegas, capacidad de sacrificio, determinación, y confianza en su pueblo, fueron los ingredientes que permitieron a este líder, avezado en los fracasos, convertirse en un talismán de la lucha por la victoria en un momento crítico que él describió así: “de [la batalla de Inglaterra] depende la supervivencia de la civilización cristiana.” Lukacs muestra cómo semejante descripción era más que un recurso retórico.

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Salvar a los niños del holocausto

El caso de Irena Sendler es muy distinto en contenidos: asistente social del ayuntamiento de Varsovia, con el comienzo de guerra y de la ocupación alemana intensificó sus tareas asistenciales y comenzó a dedicarse intensamente a los más indefensos: los niños judíos recluídos en el gueto. Irena era católica y vivía en la parte “aria” de la ciudad, lo que la permitió entrar y salir con cierta libertad en el gueto y habilitar sistemas para sacar a escondidas a niños que colocaba luego a familias de acogida polacas o a orfanatos regentados por religiosas.

Meticulosa y ordenada, guardaba nota de los nombres reales y de los nuevos que se asignaban a los niños. Ese archivo no estaba en papel, sino en cintas de tela que guardó en botes que enterraba en un jardín para evitar que los localizara la Gestapo. La precaución resultó ser dolorosamente necesaria. Irena fue detenida, llevada a prisión, torturada, y condenada a muerte. No habló, y eso preservó de la destrucción toda la red clandestina de ayuda a los judíos que ella coordinaba. Cuando era conducida a la ejecución, el soborno de uno de sus guardias le salvó la vida. Sus botes archivo cumplieron su función.

También en su caso la decisión de resistir costara lo que costase se sitúa en el centro de la historia. Esta vez no se trató de una decisión política de amplio alcance, como en el caso de Churchill, sino de la fidelidad a sus convicciones de una activista que había heredado de su padre la idea de que lo único importante en la vida eran las personas, con independencia de su raza, religión o cualesquiera otras circunstancias.

También ella dudó inicialmente ante la nueva situación. Es interesante notar cómo en los primeros momentos los polacos se resistían a creer la enormidad del mal que estaba desplegándose ante ellos: “las personas que conocían la cultura alemana tardaron en admitir los actos criminales de Hitler. Estaban convencidos de que los alemanes formaban parte de la cultura y la civilización occidental, y se engañaban con la esperanza de que todo lo que se decía y escribía sobre la tragedia de los judíos alemanes no era más que propaganda.”

Sendler consiguió mantener frente a ese horror una acción que aunque limitada, y ciertamente arriesgada, demostraba de hecho que había esperanza, que el mal no podía triunfar sobre el bien. Esa era la pieza clave para mantener la resistencia en las horas más negras: conservar la esperanza en que “el único camino que puede llevar al renacimiento de la humanidad es el amor por encima de todo”.

Raíces cristianas

Aunque cristianos, ninguno de los dos protagonistas de estas historias fueron especialmente devotos. Lukacs, no obstante, no duda en señalar la raíz profundamente cristiana de la decisión de Churchill, inseparable de su idea de Occidente. Mieszoska, en cambio, evita cualquier referencia a lo trascendente de forma sistemática, pese a que desempeñó un papel importante en la vida de Sendler. Por otro lado, su interesante narración está ejecutada con un estilo algo confuso, a veces totalmente de espaldas a la claridad cronológica.

Un apunte final sobre las contradicciones que siguieron a los hechos centrales de estas dos vidas. Churchill, además de perder las elecciones en 1945, debió admitir al final de la guerra el predominio del aliado soviético y denunciar en él un nuevo enemigo no menos grave que el nazi, y además encarar la decadencia del Imperio Británico y mirar de frente a su desaparición.

Sendler, militante de partidos de izquierda por su compromiso social, se salvó por poco de ser condenada a muerte por los comunistas: la intervención de una de las personas que ella había salvado evitó in extremis su muerte. Además, su matrimonio fracasó, en parte como consecuencia de su falta de dedicación a la familia, por exceso de activismo social. Con todo, ni uno ni otra pusieron jamás en duda que su decisión de resistir no hubiera valido la pena: todo lo contrario. Es fácil reconocer que ahí radica su mayor contribución. Para quienes se rindieron, en cambio, la historia fue muy diferente.

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