Biografía, De Gaulle, Francia, Gran Guerra 1914-1918, Segunda Guerra Mundial

Charles de Gaulle: una idea de Francia

2003DeGaullePPL(peq2)

Pérez López, Pablo, Charles de Gaulle. Una idea de Francia
Acento, Madrid, 2003

191 páginas

Propone un recorrido por un siglo de historia del país vecino (1870-1970) acompasado con la vida del más ilustre de sus protagonistas: un hombre controvertido que se rebeló contra la derrota frente al nazismo y contra cierto modo de hacer política, que conjuró por dos veces el peligro de una guerra civil, y logró que se aceptara su peculiar manera de entender la vida pública francesa y el papel de Francia en el mundo.

El libro está actualmente descatalogado. Los interesados pueden contactar conmigo para leerlo.

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Publicaciones propias

Personajes de fe que hicieron historia: nuevo libro

Acaba de salir un nuevo libro que he coordinado. Son seis breves semblanzas de personajes históricos mirados desde la perspectiva de sus creencias. Hemos elegido una gobernante de finales de la Edad Media, Isabel de Castilla; el primer gobernante cristiano en Asia, Legazpi; Charles de Gaulle, Presidente de la República Francesa; un técnico que hizo arte, Gaudí; un artista que hizo comunicación, John Ford; y un científico que imaginó el Big Bang, Georges Lemaître. La lectura es breve y pienso que interesante. Espero que guste y enlazo aquí14pdfqhh_med la introducción. Y dejo la ficha con información de la editorial: 117103 ¡Merece la pena leerlo!

Aquí se puede escuchar una entrevista sobre la obra (14′ el 5/7/14)

 

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«La culpa histórica de Francia (y Occidente)»

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Pablo Pérez López y José-Vidal Pelaz López en Caleidoscopio cinematográfico: Caché en la obra de Michael Haneke, Valladolid, Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 39-62

Dentro de este libro dedicado al análisis del film de Michael Haneke Caché (2004), hemos elaborado este capítulo que se ocupa de la película desde el punto de vista de la Historia.

Como señalamos en la conclusiones «Caché plantea la historia como un ejercicio de conciencia, como una pregunta acerca de la propia conducta. El modo en que la plantea es problemático para el historiador por una razón elemental: parece admitir que existe una versión de la historia perfectamente objetiva y fiel a los hechos. Eso serían las grabaciones de vídeo que se nos presentan en la película. Son problemáticas justamente por la ausencia de responsable del hecho mismo del registro y de la elección del punto de vista, que son también la razón por la que aparecen rodeadas de una aureola de objetividad. Entendidas así, constituirían un reflejo perfecto de la historia. Es decir, no serían propiamente historia, sino presente, visto desde otro momento. No son un conocimiento del pasado, verdadero aunque mediatizado por la mente del historiador. Lo inquietante aquí es que no hay mediador alguno. Esa es, por otra parte una pregunta con la que el espectador se levanta de la butaca después de ver Caché: ¿quién grabó esos vídeos?

Esa visión perfecta del pasado no es propia del conocimiento humano, que cuenta siempre con mediadores. La visión de la Historia tal cual fue, o mejor, tal cual es, así, en presente, sólo sería posible para una mente infinita y eterna, atributos que se suelen reservar a la divinidad. Ahora bien, de Dios no hay ni rastro en la película. No aparece. En ese sentido Caché refleja bien la situación de occidente o, al menos de algunos intelectuales en occidente, que ocupan o entienden ocupar la posición predominante. Podríamos resumir su postura diciendo que empezaron endosando a Dios, al menos a la idea de Dios, la responsabilidad de todos los males en la Historia. La conclusión lógica fue que suprimiéndolo se evitarían en el futuro el mal. Pero, una vez rechazada la idea de Dios, la presencia del mal no ha desaparecido. Ni tampoco la de la culpa: sigue vivo el empeño por encontrar responsables del mal. La cuestión es dar con ellos. La solución que parece haberse encontrado es responsabilizar a los poderosos, a los que ejercen o ejercieron el gobierno o el poder en sentido amplio, identificados como opresores, también en un sentido muy amplio. Es así que occidente ha sido la cultura dominante en el pasado —al menos el moderno y contemporáneo—, ergo occidente es el culpable de los males del mundo. […]»
El texto completo está disponible aquí.
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El aborto en las aulas universitarias

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Recojo este artículo del historiador Felipe Fernández-Armesto, que me parece excelente.

ME PARECE fenomenal que algunas universidades ofrezcan cursos sobre el aborto. Si son rigurosos y los profesores, personas honradas y cualificadas, los alumnos aprenderán que la interrupción del embarazo es un mal tremendo y profundo que deshonra a nuestra sociedad. En este sentido, tales cursos pueden ser útiles e instructivos. Aún es posible que conduzcan a una sociedad más ética, a unas leyes más racionales y a un mundo más feliz. Lo que no me agrada es que un ministro los proponga y que el Gobierno pretenda infligirnos más cursos obligatorios en lugar de dar libertad a los profesores y ensanchar el currículo con mayor diversidad de temas. Las universidades españolas ya sufren demasiado por la maldita influencia de los políticos y los excesos de exigencias burócratas.
Si queremos que nuestras facultades mejoren y que ocupen el lugar en el mundo académico que corresponde a los méritos de su profesorado y a la calidad de las investigaciones que realizan, un paso imprescindible es confiar en los docentes, que son los más adecuados para planear el currículo, y dejarles que cumplan libremente con su vocaciones, sin someterse a las agendas de los partidos.
Imaginamos lo que sería un curso sobre la teoría y práctica del aborto, tal como el que demanda la ministra de Igualdad Bibiana Aído. Por supuesto, si yo tuviera que darlo, prescindiría de toda aproximación religiosa y me acercaría al tema desde una óptica totalmente laica, práctica, liberal y rigurosa, basada en hechos precisos. Empezaría con los aspectos científicos. La clase se daría cuenta de que la vida es un proceso continuo en el que no hay ningún momento, durante la larga historia de crecimiento y cambio que se inicia con la concepción y termina con la muerte, que corresponda a una ruptura o a un comienzo nuevo. Veríamos que el niño no nacido es, biológicamente, un ser humano. ¿Pues a que especie más pudiera pertenecer?
Lograríamos entender que un feto es un ser dependiente pero distinto, que no se puede considerar como una célula o una uña o un cabello o un mero miembro del cuerpo de su madre. Pasaríamos luego al aspecto lógico. Cederíamos ante la imposibilidad de identificar ninguna diferencia racionalmente discernible entre momentos seguidos de una vida, y reconoceríamos que el feto a los nueve meses tiene tanta importancia y tanto valor como otro de nueve meses menos un minuto o un segundo; u otro de ocho o siete o seis meses o de un mes, o de 21 semanas menos un segundo o 0,00001 segundos… y así hasta llegar al momento de concepción.
Luego plantearíamos los aspectos lingüísticos. Apreciaríamos la fuerza del hecho de que cada madre que sienta la presencia del bebé en su vientre se refiere a «mi bebé» o «mi niño». Cuando los vecinos le preguntan por la salud del pequeño, no les contesta: «No se trata de un bebé sino de unas células carentes de personalidad ni de valor moral», ni dice que esa parte de su propio cuerpo es tan saludable como el dedo de su pie, o su hígado o uno de los huesos de su rodilla.
En la siguiente parte del curso se abordarían los aspectos filosóficos. Estudiaríamos los argumentos acerca del momento en el que el feto adquiere personalidad u otro rasgo moralmente significativo que diferencia un feto abortable de una persona cabal. Veríamos que no existe ninguna prueba científica de tal cosa. La clase se enteraría de que el concepto de una personalidad como esencia humana es tan vaga como el concepto religioso de alma o espíritu. Nuestra conclusión sería que si existe tal esencia, es, al menos, tan racional suponer que se inicia en el momento de la concepción como en cualquier momento subsiguiente. De igual manera, admitiríamos que el valor de la persona no nacida no depende de su estado de desarrollo físico.
Moralmente, carecer de tal o cual órgano o miembro es una diferencia puramente física, equivalente a las que honramos entre los minusválidos o amputados, o personas excesivamente altas o bajas o lo que sea. En una sociedad decente y civilizada, no condenamos a una persona a muerte por ser calvo, o por haberse quitado un riñón, o por desarrollarse físicamente a una tasa más lenta o atrasada que los demás. Por los mismos motivos, no consideramos las capacidades mentales ni las sensibilidades morales como calificaciones para la vida, sino que reconocemos que todos somos igual de dignos de vivir a pesar de nuestras distintas capacidades.
La siguiente parte del curso se contemplaría desde un enfoque que partiera de la psicología social. Examinaríamos las pruebas de que los padres son conscientes de la vida de sus hijos no nacidos, que su amor se enciende por ellos y que sufren traumas psicológicos profundos si abortan a sus hijos. Por tanto, tendríamos que descartar los argumentos de quienes digan que el niño no nacido puede matarse por carecer de personalidad social, o por no haber establecido relaciones sociales con los demás. Estos criterios, si se consideran justificables, se cumplen perfectamente en el caso de los niños no nacidos, quienes comparten ya una relación con los que les aman y les esperan, o con los que les odian o les temen o quieren desembarazarse de ellos.
Pasaríamos entonces a la temática jurídica. Por todas las razones ya conocidas, nos daríamos cuenta de que no existe ningún motivo honrado por excluir a los niños no nacidos de los derechos jurídicos. Concretamente, el concepto de los derechos humanos carece de sentido si no se reconoce que su punto de partida es el derecho a la vida. Todos los demás -incluso los derechos «a la libertad y la búsqueda a la felicidad», según reza el documento fundacional de los derechos humanos en la época de la Ilustración-parten de allí. Si te abortan, ¿qué te importa la libertad, o el derecho a tener propiedad, o de ser juzgado imparcialmente, o votar, o cualquier otro de los privilegios de los a quienes los abortistas nos permitieron vivir? Para que sea un derecho humano, tiene que extenderse a todos. Si no, deja de ser un derecho y se convierte en un privilegio. Y un niño no nacido, como ya hemos visto, es un ser humano, por no petenecer a ninguna otra especie.
Luego abordaríamos el tema práctico. La base de cualquier sistema ético es esta regla de oro: no hagas a los demás lo que no quisieses que te hagan a ti. Si alguien quiere que se le hubiese abortado, tiene el derecho de pedir el aborto para otras personas. Pero estoy seguro de que le calificaríamos de enfermo mental, víctima de un grave estrés o del autoengaño.
Para mantener una sociedad estable y pacífica, debemos respetar la inviolabilidad -no digo que la santidad, porque éste es un curso universitario y nos limitamos a términos seculares-de la vida humana, porque todos los que estamos vivos tenemos un interés clarividente en mantenerla. Si admitimos excepciones -que un judío, por ejemplo, o un negro, o un gay, o un zurdo, o un obeso, o un fumador, o una persona minusválida, o un rubio, o un niño no nacido-puede descartarse y condenarse a morir, por tener menos valor que una persona supuestamente normal en una sociedad determinada, con sus prejuicios peculiares, abrimos la posibilidad de que la sociedad admita a otras categorías exentas, a las cuales se nos incluirá a nosotros mismos. Si se excluye a un niño no nacido del derecho de vivir, ¿porqué no a mí?
DEJARÍA mi propia disciplina, que es la Historia, para la etapa siguiente y casi última del curso. Explicaría a los alumnos que a lo largo de los siglos los seres humanos hemos tenido que luchar contra la dificultad de apreciar la unidad moral de nuestra especie. En las sociedades más primitivas, por lo que sabemos, existía un concepto del grupo, definido por parentesco o por participar en una vida común. Todos los de fuera se calificaban de bestias o demonios. Poco a poco, los humanos lográbamos respetar a los miembros de las sociedades vecinas. Empezábamos a intentar amar al próximo y luego a extender ese respeto al vecino más alejado. Íbamos formando sociedades cada vez más grandes, reconociendo la conciudadanía de gente con quienes no tuvimos relaciones activas.
Durante una época muy larga, retorcida de dolor y manchada de sangre, seguíamos excluyendo a categorías menospreciadas: gente distinguida por tener la piel de otro color, o cuerpos extraordinarios, o narices largas, o pelo negro, u opiniones supuestamente repulsivas, o por sufrir enfermedades como la lepra o la epilepsia, o por ser niñas hembras que se sacrificaban en masacres de inocentes en tiempos históricos, y siguen siendo víctimas de los mismos prejuicios en ciertas zonas del mundo en el día de hoy. Pero poco a poco, hemos abandonado el infanticidio, menos en el caso de niños no nacidos. Y hemos reconocido que todos los seres humanos -menos los niños no nacidos-pertenecen a la misma comunidad moral.
Quedaría tiempo, antes de finalizar el curso, para debatir sobre el futuro y cómo ajustar las leyes ante los horrores del aborto. Espero que los alumnos piensen que no hay que perseguir a las mujeres que -a veces por su pobreza, miseria o falta de educación-optan por la interrupción del embarazo. Ni que hay que condenar a los que por su ignorancia, como sospecho que es el caso de Bibiana Aído, promueven el aborto o ayudan a las mujeres que, en fin de cuentas, son víctimas, ellas incluso, cuando pierden a esos hijos que hubiesen podido animarles, ensalzarles y enriquecerles la vida.
Ya sabemos todos que la sugerencia de Bibiana fue un gesto vacío, una postura exhibicionista para llamar la atención de la prensa, sin ninguna posibilidad de convertirse en ley ni de materializarse en términos prácticos. Veo en ella, en cambio, grandes ventajas. Pero si acabo dando cursos sobre el aborto, espero que sea por mi propia cuenta. No quiero excluir a los no nacidos del derecho a vivir, ni quiero admitir la interferencia política en mi aula de clase.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y ocupa desde 2005 la cátedra Príncipe de Asturias de la Tufts University en Boston (Massachusetts, EEUU).

El Mundo, 23 de abril de 2010, p. 21

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Occidente: concepto y proyecto

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Nemo, Philippe, ¿Qué es Occidente?, Madrid, Gota a gota, 2008, 164 pp.
Philippe Nemo, catedrático de Historia de las Ideas Políticas en París, ofrece en esta breve obra uno de los puntos de vista más sugerentes que he encontrado sobre este asunto. Nemo sostiene que hay cinco acontecimientos esenciales que han configurado lo que hoy es occidente y su manera de vivir, y aboga por la formación de una confederación política de los países que lo integran.
La definición que hace es valiente e interesante. No pienso que deje a nadie indiferente su lectura. La he encontrado muy cargada de razón y recomendable. Si su idea tiene posibilidades de ir adelante hoy parece que son pocas. Pero nunca se sabe qué será del futuro. No sé si nos ayudará a hacer algo nuevo pero, desde luego, ayuda a pensar.

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Lo que enseñan los periódicos atrasados

Suele tenerse por bueno que no hay nada más atrasado que el periódico de ayer, y la sentencia lleva buena carga de verdad. Con todo, una mirada retrospectiva a los periódicos de antaño, aunque no aporte nada sobre la actualidad, aporta lecciones muy interesante sobre nuestro pasado y sobre cómo se percibió en el día a día.
Los primeros papeles periódicos de Segovia circularon cuando reinaba en España Carlos IV, los Estados Unidos estaban en trámite de aprobar su Constitución, y Napoleón Bonaparte, a sus 16 años, se graduaba como alférez de Artillería al servicio del rey de Francia. Los sucesores de aquellos papeles siguen circulando hoy.
La historia de las publicaciones segovianas está marcada, como manda la geografía, por la proximidad a Madrid. En realidad esto vale para toda la prensa castellana y leonesa, pero pesa especialmente en el caso de los diarios segovianos: los de Madrid estaban pronto en las calles de Segovia y eran competencia importante para cualquiera que intentara sacar a la calle sus opiniones impresas todos los días. En 1890 llegó el primer intento, que se llamó, como cabía esperar, Diario de Segovia. Cerró pronto. Pero dejó el desafío en el aire, y El Adelantado, que salía dos veces por semana, se animó a hacerlo a diario en el verano de 1991: aguantó unos pocos meses el duro ritmo del día tras día, y al poco cesó en su empeño. Hubo que esperar hasta 1899 para que cuajara la publicación de un diario en la ciudad: el Diario de Avisos de Segovia. Era algo más que un periódico, sus tertulias eran el foro de debate cultural y político más caracterizado en la ciudad.
Fue así como, en los albores del siglo XX, ya con un diario en Segovia, algunos echaron de menos otra voz, que diera un tono más plural e intenso al periodismo de la ciudad. La iniciativa de crearlo partió de uno de los contertulios de la redacción del Diario de Avisos: Rufino Cano de Rueda. Adquirió el semanario El Adelantado cuando murió su dueño, y le alargó el título convirtiéndolo en El Adelantado de Segovia. A las pocas semanas, en octubre de 1901, comenzó lo transformó en diario.
La iniciativa se demostró duradera. Salvo unos meses en 1904-1905 en que se fusionó administrativamente con el Diario de Avisos de Segovia, El Adelantado de Segovia ha seguido fiel a la cita con los lectores —salvo suspensiones o causas de fuerza mayor— hasta el día de hoy. La empresa editora fue adquiriendo porte: además de imprenta propia tenía servicio de telégrafo, corresponsales en los pueblos, suscripciones a agencias para las noticias del exterior, redactores y reporteros propios. En 1916 dejó de publicarse su competidor, el Diario de Avisos de Segovia: no es fácil la vida de una empresa periodística. Disculpó su cierre con la declaración de independencia política de su colega El Adelantado de Segovia: hablar de diarios es inevitablemente hablar de política.
Surgieron y cerraron otros diarios en nuestra ciudad, pero sólo El Adelantado de Segovia siguió resistiendo la dura prueba del tiempo. En la Segunda República la competencia se hizo mayor. Y la vida más difícil: el gobierno obligó a suspender un mes la publicación del diario en 1932, y la censura dejó huella en sus páginas con frecuencia, especialmente en 1936. Con todo, la empresa siguió adelante, de la mano del hijo del fundador, Luis Cano Lozano, desde 1931. Este relevo familiar, el primero que se vivía en Segovia, fue el marchamo de la consolidación de la empresa.
En 1936, con motivo del alzamiento militar suspendió su publicación hasta el 27 de julio. Después de la guerra El Adelantado de Segovia siguió siendo el único diario de Segovia, pero ahora bajo la estrecha vigilancia de un Estado convencido que solo con su garantía la prensa podía ser lo que debía ser. La falta de libertad de expresión hizo que los hitos más importantes de esos años fueran los cambios materiales: en 1952 la maquetación y en 1965 la creciente información gráfica.
En los setenta llegaron cambios más intensos: la propiedad y la dirección del diario dejaron de estar unidas en la misma persona tras el fallecimiento de Luis Cano; llegó la libertad de expresión; en 1979 una intensa renovación tecnológica, y en los ochenta la diversificación de secciones y especiales, la integración en agencias regionales y nuevos cambios en maquinaria y tecnología de la redacción, que dejó el centro de la ciudad por instalaciones en la zona industrial. La innovación tecnológica volvió pronto a ser protagonista: en junio de 1994 El Adelantado de Segovia se convirtió en matutino, y en 1996 fue el primer diario de Castilla y León con publicación electrónica.
Desde 2001, El Adelantado de Segovia forma parte del selecto club de los diarios centenarios de España. Es, además, uno de los pocos cuyo principal accionariado sigue vinculado a la familia del fundador. Su historia, como la de todos los que han superado cien años de prueba del tiempo, nos muestra el difícil entramado de trabajos que precisa la tarea de informar a diario: sensibilidad cultural, interés informativo, apertura a la opinión, buen hacer empresarial, y no menos pericia periodística.
Pablo Pérez López
Profesor de Historia Contemporánea de la UVa (Campus de Segovia) y coordinador de contenidos para Segovia de la exposición «150 años de prensa diaria en Castilla y León. 1856-2006».

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La nueva censura

Hace seis años propuse a unos estudiantes de doctorado la posibilidad de trabajar en la historia reciente de nuestra comunidad autónoma. Ante la práctica inexistencia de trabajos sobre la cuestión, me parecía urgente poner manos a la obra para evitar que, por falta de atención, la documentación se perdiera y los acontecimientos terminaran por estar desdibujados en la memoria colectiva. Uno de los que se animó a hacerlo, Mariano González Clavero, trabajó bajo mi dirección cuatro años largos en la localización de documentos, clasificación, estudio de éstos y de la bibliografía, hasta conseguir trazar un relato ordenado y completo del proceso autonómico de Castilla y León.
No fue tarea fácil. La comunidad autónoma es extensa —¿quién no lo ha oído decir?— y la peregrinación por los archivos exigía paciencia, buenas dosis de entusiasmo, gasto de tiempo y de dinero. Afortunadamente contábamos con alguna financiación de la Consejería de Cultura de la Junta para llevar adelante el proyecto que permitió sufragar algunos de esos desplazamientos. Mariano González realizó un trabajo metódico y minucioso que sacó a la luz abundante documentación original, y que ilustraba sobre la complicada andadura del nacimiento de Castilla y León. La cuestión de los territorios que la integraban parecía un trasunto de la dificultad de definición de España como conjunto nacional. Una tras otra fueron objeto de debate la cuestión de Santander, que terminó por ser Cantabria; Logroño, que se convirtió en La Rioja; León, que no se sabía si debía ser o no región ni si en ese caso debía ser uniprovincial; Burgos, que reclamaba otro mapa y —sobre todo— ser la capital; y finalmente Segovia, que terminó por decidir que no quería integrarse en comunidad autónoma alguna. El resutado fue que nuestro Estatuto de Autonomía fue el último en aprobarse, y que lo hizo después de una historia tan azarosa como interesante y digna de ser estudiada.
Mariano González lo hizo, y presentó con mi aval su trabajo ante un tribunal de cinco doctores en Historia, especialistas en Contemporánea y reputados por sus estudios en temas afines. Pertenecían a las Universidades de Salamanca, Autónoma de Madrid, del País Vasco y de Valladolid. Tras leer el trabajo y debatir sobre él, decidieron que merecía la máxima calificación, sobresaliente cum laude, con la que confirieron también al autor el grado de Doctor, en reconocimiento a su meritorio trabajo. En definitiva, la institución universitaria reconoció que Mariano González Clavero, con su historia del proceso autonómico de Castilla y León había contribuido de manera significativa, rigurosa y sólida al incremento de nuestros conocimientos históricos.
Un año más tarde la Fundación Villalar, fiada en el criterio de los universitarios, dio a la imprenta una versión reducida de ese trabajo que ha sido también la primera publicación promovida por ella. Buen número de especialistas españoles y extranjeros han conocido el libro, del que han hecho juicios elogiosos. No obstante, como siempre, sólo andando el tiempo, con trabajos que complementen éste tendremos una visión más exacta de nuestro pasado político reciente. Así es nuestra forma de trabajar.
Pues bien, hace dos semanas unos leoneses cuya cualificación profesional desconozco, acusaron a la obra de negar la identidad regional leonesa. Aducían para hacerlo unas cuantas citas, discretamente tergiversadas, que el Diario de León recogió en su primera página con grandes tipos. El autor, y la Fundación Villalar, afirmaban, negaban a León como región.
Esta semana, el Ayuntamiento de León ha aprobado una moción, con los votos de la UPL y del PSOE, que declara a Mariano González Clavero persona non grata. Algún concejal le insultó públicamente en el pleno. Piden además que se retire su libro de la circulación.
El dislate y ofensa a la inteligencia que supone semejante comportamiento me parece que reclaman de los que hemos hecho del estudio nuestra profesión, y de toda persona sensata, una protesta enérgica y una oposición decidida. Si el modo de dirimir nuestras disputas son las descalificaciones, condenas y prohibiciones de la circulación de ciertos libros, caminamos hacia la entronización de la estupidez y hacia el reino de la violencia. Algunos creemos en el estudio, el contraste de informaciones, el rigor crítico y el debate sereno como caminos para hacer crecer el conocimiento. Si por eso merece alguno de nuestros colegas la reprobación, yo también la merezco. Así lo hago presente a los ediles leoneses: señores censores, ténganme por solidario de Mariano González Clavero.
Produce lástima una conducta como la que ha tenido que sufrir el Doctor González Clavero. Pero produce también indignación. Pienso que conviene que lo sepan los políticos metidos a censores, y haré cuanto esté en mi mano por hacérselo saber. No les dejaremos imponer esa censura. Nos va en ello la posibilidad de seguir buscando la verdad sin miedos ni hostigamientos de banderías, nos va en ello la libertad en el pensamiento, y la defenderemos por todos los medios legítimos.
Pablo Pérez López

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