Transición española a la democracia

Acerca de otro presidente, Leopoldo Calvo-Sotelo

Nueva Revista de política, cultura y arte, me publica el artículo «El lector que presidió el gobierno». Es una reseña de su libro de memorias Memoria viva de la transición. En estos días en que se ha hablado más de esos años estoy seguro de que ese libro resultaría una lectura muy interesante para muchas personas. Es un libro que merece relectura.

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Asturias 1934: revivir la revolución

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Esteban Greciet, un incansable trabajador del periodismo y las letras, ha dedicado este libro a la revolución de Asturias en su 75º aniversario. Es un relato claro que tiene bastante de acercamiento a las fuentes directas, sobre todo periodísticas, para conocer lo que sucedió en aquellos días en Asturias y en España. No es casualidad que el aniversario de la revolución se pasara por alto. Por eso mismo es de agradecer un libro así, breve y sencillo, que acercará a muchos a los acontecimientos y animará a unos cuantos a saber más ¡Gracias por el esfuerzo!

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El Islam y España

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Martín de la Hoz, José Carlos, El Islam y España, Madrid, Rialp, 2010

España es uno de los pocos países que ha sido islámico y ha dejado de serlo. Según alguno de nuestros historiadores más destacados este hecho ha dejado una marca indeleble en nuestra manera de ser. Esta obra de divulgación, ofrece un recorrido por toda esa historia en menos de 250 páginas.
Inevitablemente la descripción y la colección de datos básicos ocupa una parte importante del trabajo, pero su autor, especializado en Historia de la Iglesia, consigue hacerlo ameno y comprensible, añadiendo algunos comentarios clarificadores, suyos o de otros autores. De hecho es algo así como un resumen de buena parte de la bibliografía relevante sobre el tema, a un nivel de alta divulgación.
Arranca del nacimiento del Islam y llega hasta ocuparse de su “vuelta” en nuestros días.
Vale muy bien como iniciación al conocimiento del asunto, ahora que cobra cada vez más interés.
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Política y religión. En torno a unos mártires.

El 28 de octubre de 2007 la Iglesia Católica eleva a los altares a 498 hombres y mujeres españoles que murieron por razón de su fe en los revueltos años treinta en España. He leído un artículo de Henri Tincq en Le Monde que me parece una deformación grave de los hechos y su valoración histórica.
Le he escrito la siguiente nota que remití también al diario:
Cortèges espagnols
J’ai pu lire l’article de M. Henri Tincq paru dans Le Monde du 23 octobre sur la béatification des martyrs de la persécution religieuse en Espagne dans les années trente. J’y ai trouvé des aperçus très intéressants, tandis que d’autres affirmations me semblent pouvoir être complétées ou nuancées. Appeller provocation la célébration de la mémoire des personnes qui ont été tuées à cause de sa foi, sans lutter, tout en pardonnant alors qu’elles attendaient sous les verrous leur exécution, souvent au terme de parodie de procès, me semble quand même laisser de côté le cœur de la question, et constitue, à mes yeux, une grave injustice.
Quelques données historiques importantes éclairent un peu différemment les affirmations de l’article. Ainsi, par exemple, l’Eglise espagnole a fait grand cas des crimes des nationalistes. Le cardinal Pacelli, futur Pie XII, tenta d’obtenir de Franco des conditions de reddition honorables pour les prêtres engagés du côté des nationalistes basques, ce que le général refusa. On sait ce qui leur arriva. Le Cardinal Gomá protesta fermement devant Franco contre cette exécution de quatorze prêtres nationalistes basques. Quoi qu’il soit bien différent de parler de ces prêtres, intégrés dans des unités militaires, que des prêtres, séminaristes, religieux ou religieuses qui n’ont jamais songé à participer à une quelconque formation armée et ont été tués, en effet, par haine de la foi, comme le souligne avec justice M. Tincq.
L’absence d’un plan gouvernemental pour tuer ces personnes n’apporte rien, à mon avis, sur le caractère – ou non – de martyrs de ces victimes. Cela éclaire simplement les ciconstances partisanes, locales ou régionales de ces raids qui aboutissaient aux massacres évoqués. Cependant, des listes nominales existaient – les historiens de cette période les évoquent dans leurs travaux – et cela prouve une certaine préméditation. Certains groupes et partis, qui avaient le pouvoir de contrôler la rue, encourageaient leurs militants à faire rage contre les croyants en tant que croyants. L’affaissement du pouvoir étatique et le désordre du camp républicains dessinent une conjoncture qui ne suffit pas cependant à expliquer la haine manifestée contre les croyants.
La chronologie est, elle, très importante : les martyrs de 1934, avant la guerre civile, ne sont pas une anecdote. Ils montrent comment l’Église et les catholiques ont souffert des attaques en silence avant l’éclatement de la guerre. Il ne faut donc pas oublier ces épreuves qui ont précédé la guerre civile au risque de déformer l’histoire. Quand la guerre éclate, le déferlement de la persécution religieuse a contraint les évêques au ralliement à Franco. La figure du cardinal Gomá en est sans doute l’une des meilleurs illustrations. Auteur de la lettre collective des évêques espagnols de 1937 aux catholiques du monde entier, le cardinal Gomá utilise le mot de croisade. L’Église espagnole a depuis reconsidéré ce texte en soulignant les circonstances exceptionnelles et le climat anti-catholique dans lequel il a été écrit. En 1986, à l’occasion du cinquantième anniversaire de la Guerre, la conférence épiscopale publia un document – Constructeurs de la Paix– qui rappelle que « des causes religieuses furent présentes dans l’affrontement entre Espagnols » et que « si l’Église ne prétend pas être libre de toute erreur, ceux qui lui reprochent de s’être alignée sur Franco doivent prendre en compte la dureté de la persécution religieuse depuis 1931 ». En 1999, un autre document épiscopal insiste sur la nécessaire réconciliation : « le sang de tant de nos concitoyens versé comme conséquence des haines et vengeances, toujours injustifiables, et dans le cas de beaucoup de nos frères et sœurs comme offrande martyrisée de la foi, continue de crier vers le Ciel pour demander paix et réconciliation ».
La distinction entre politique et religion peut paraître subtile (trop, affirme l’auteur de l’article), mais elle me semble très nécessaire: des milliers de personnes on donné leur vie pour leur religion. D’autres milliers de personnes ont lutté pour imposer leur politique par les armes et en tuant. Voilà la subtile différence. Voilà pourquoi je pense que la célébration de ces martyrs ouvre un chemin de paix et réconciliation, et je crois qu’ils sont un cortège lumineux pour les Espagnols et aussi, pourquoi pas, pour le pape. Pour ces martyrs ni l’Eglise ni personne ne doit demander pardon. Au contraire, ce serait à nous de leur demander de nous pardonner pour ne pas comprendre comme il faut le sens de leur énorme sacrifice.

Pablo Pérez López est professeur d’Histoire Contemporaine à l’Université publique de Valladolid (Espagne). Spécialiste de l’histoire politique et culturelle de la Castille, il a récemment publié Católicos entre dos guerras. La historia religiosa de España en los años 20 y 30, Madrid, Biblioteca Nueva, 2006.

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La nación mestiza

Bastaron pocas palabras de un conocido político catalán acerca de los peligros del mestizaje para Cataluña para que le llovieran invectivas. Y sin embargo, me parece que sería más lógico alabar su sinceridad. Jordi Pujol tuvo razón en lo que dijo: la mezcla promiscua de las esencias catalanas con lo que no lo es da por resultado algo distinto de lo que el nacionalismo catalán pretende conseguir. No es preciso conocer mucho de su historia para reconocer en su raíz y manifestaciones el afán de preservar de la corrupción una manera de ser amenazada. Esa es su opinión y la base de su proyecto. Se defiende el uso del catalán porque se piensa que está amenazado por la invasión de otra lengua, y lo mismo se podría decir de las costumbres, usos o maneras de vivir.
La afirmación de Pujol sirve para ponernos ante la realidad de la existencia diferentes maneras de concebir una nación, o de diferentes nacionalismos, si se prefiere esta expresión. Tampoco es ésta una novedad. En la cultura política dominante, por ejemplo, se contrapone con frecuencia los nacionalismos legítimos —que pueden ser democráticos— como los periféricos españoles, con los sospechosos, como el español. Este último constituiría una amenaza cívica por estar concebido como un intento de suprimir las diferencias para alcanzar una homogeneidad artificial. Su misma noción parece alejarlo de una concepción democrática de la convivencia política.
Pues bien, si se piensa un poco la cuestión se pueden descubrir matices interesantes. Sin ir más lejos, un diario recogía esta semana los pareceres de varios historiadores acerca de la idea de nación española. Uno de ellos, catalán especializado en Historia de España, afirmaba que la idea nacional española se había hecho a sí misma en la pugna racista de liberación frente “al moro”. Otro, un británico, advertía cómo lo que se había construido a lo largo de varios siglos —desde el XVII, con “el moro” y hasta el turco ya batidos— era la idea moderna de nación española, hoy debilitada por su desprestigio político y por la vuelta a un planteamiento anterior al XVII: la posibilidad de construir varias españas. Y ahí enlazan Pujol y los teóricos: existen unas ideas de nación, concebidas y realizadas en los últimos siglos, que se han demostrado capaces de pasar por encima de la identidad racial, y hasta cierto punto de la cultural, para construir un ámbito de convivencia ciudadana en la que se admite a determinadas gentes —no a todas, por cierto— con independencia de su identidad racial o cultural. Eso es lo propio, por ejemplo, de la idea democrática de nación francesa o española. Son nociones nacionales que han superado el mestizaje integrándolo en un concepto más elevado de convivencia ciudadana o política. De ahí deriva que la reivindicación de otras identidades históricas dentro de esas naciones no pueda por menos que apelar a diferencias culturales que, evidentemente, son puestas en peligro por el mestizaje admitido en la nación más amplia.
Este verano me lo decía así un amigo francés: Francia es un país muy “madre”. Ha sabido asimilar todo lo que le llegaba de aquí o allá y consideraba valioso, y convertirlo en francés a ultranza. La capacidad de acogida ha hecho grande a la nación. Indudablemente, añado yo, han podido hacerlo por adoptar una idea de nación que lo hacía posible.
En los últimos años lo más frecuente ha sido aludir a la idea de españolidad o de hispanidad, como conceptos hueros y despreciables ¿Es verdad eso? Puede que lo sea en algunos aspectos, pero, por ejemplo, al convivir en España con los inmigrantes hispanoamericanos no puedo evitar pensar que esas gentes son la respuesta más humana que pensar cabe a nuestra visita a sus tierras: son la constatación de que en verdad el descubrimiento de América condujo al encuentro de dos culturas. Se podrían alegar muchas otras circunstancias de nuestra historia, y cómo ha derivado de ellas una maduración de la idea nacional, una maduración hecha, fundamentalmente, de mestizajes.
Puede que las palabras de Pujol sirvan para reflexionar sobre dos verdades fundamentales: primero, que hay distintas ideas de nación. Segundo, que para hacer buena política es mejor potenciar lo que une que lo que separa, mejorar los puntos de contacto en vez de resaltar los hechos que diferencian. Hace siglos que se ha reconocido en esto un factor de progreso, aunque quizá no por todos ni en todas partes. Es cuestión de opiniones, y es cuestión de elegir.
Pablo Pérez López

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