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Juan Manuel Reol Tejada. Un burgalés liberal

Ha fallecido en Madrid el 9 de septiembre, a los 75 años, Juan Manuel Reol Tejada, el burgalés que fuera primer presidente del Consejo General de Castilla y León entre 1978 y 1980. Farmacéutico de formación, con un brillante expediente académico, se incorporó al cuerpo de Farmacéuticos de la Sanidad Nacional, en el que desarrolló investigaciones sobre medicamentos. Como otros altos funcionarios de su generación, ingresó en política en los últimos años del franquismo y nutrió las filas de los reformistas que protagonizaron la transición a la democracia. Concejal del Ayuntamiento de Burgos en 1968, en 1971 ocupó por vez primera un alto cargo en la administración, relacionado con su oficio, pero ya con contenido político: subdirector general de Farmacia.
Su dedicación a la política se hizo más intensa en la transición. Ingresó en el Partido Liberal de Enrique Larroque, y con él en la UCD, por la que salió elegido diputado por Burgos en las elecciones de 1977 y 1979. En 1977 fue nombrado Director General de Ordenación Farmacéutica, cargo desde el que promovió una reforma en 1978. Ese mismo año ligó su carrera a la construcción de la autonomía de Castilla y León, al ser nombrado presidente de la Junta de Consejeros del Consejo General, el órgano preautonómico que preparaba la construcción de una nueva entidad política y administrativa en nuestra tierra.
La gestión de Reol al frente del Consejo fue tarea difícil, pese a que, por su talante liberal, fue bien recibido por todos los grupos. Le tocaba abrir camino con las instituciones preautonómicas en una tierra donde el deseo de autogobierno no era en absoluto una prioridad. La práctica ausencia de empuje popular al que remitirse dejaba el asunto en manos de los políticos, lo que significaba que la cuestión podía teñirse fácilmente de partidismos o personalismos. Pudo capear la oposición casi obstruccionista de Alianza Popular o el PSOE, que llegó incluso a retirarse del Consejo General amenazando con paralizar el proceso. Los particularismos provinciales y personales fueron, sin embargo, fuente de todavía peores dificultades: Reol lamentó la renuncia de Logroño y Santander a incorporarse al proceso, y cuando vio resuelta la incorporación de León, tuvo que enfrentar la revuelta de los centristas de Segovia liderados por Modesto Fraile y dispuestos a sacar a la provincia del proceso autonómico de Castilla y León.
Quizá por su experiencia en este tipo de dificultades, fue nombrado secretario general de Política Territorial de la UCD a finales de 1979. Arguyendo exceso de trabajó presentó la dimisión de su cargo de Presidente del Consejo General de Castilla y León, que abandonó efectivamente en julio de 1980. Siguió trabajando en política territorial los años siguientes desde su nuevo puesto: participó en la negociación de los pactos autonómicos entre la UCD y el PSOE, firmados en 1981, y promovió el nacimiento de la Federación Española de Municipios y Provincias.
Cuando la UCD se deshizo por efecto de su desmoronamiento interno, Reol abandonó la vida política, pero no la vida pública: además de ejercer su profesión, siguió presente en la actividad cultural a través de su actividad en la Real Academia de Farmacia, que presidió desde 2001, y apoyó activamente iniciativas como la promoción de centros universitarios de Burgos, la Asociación de lucha contra el Cáncer de la provincia, o la Academia Burgense de Historia y Bellas Artes, Fernán González.
En los últimos años de su vida colaboró generosa y abiertamente con los historiadores que nos interesamos por la historia reciente de Castilla y León, y él mismo escribió algunas páginas sobre el asunto, que publicó el Boletín de la Academia de la Historia.
Era un hombre de trato cordial y modos sinceros, atento a los detalles, correcto y siempre dispuesto a ayudar. Compartía con otros políticos de su generación una talla humana y cierto señorío difíciles de describir pero fácilmente perceptibles. Puede que fuera el resultado de la poco frecuente combinación histórica que los hizo posibles, y de cómo vivieron sus responsabilidades. Juan Manuel Reol fue, en efecto, un hombre bien preparado, con una sólida trayectoria profesional al servicio del Estado, que se acercó a la política con la ilusión de construir una democracia en España y de recrear su instituciones en política territorial. Abordó la tarea muy abierto al diálogo, aportó no pocas iniciativas, vio triunfar algunas y fracasar muchas, y se retiró de la política más adelante para regresar a una vida profesional que se continuó enriqueciendo. Gracias a muchos como él hemos heredado una España libre y en paz donde el diálogo político discurre por cauces democráticos y puede ser abordado con modos constructivos.
Varias condecoraciones y premios han reconocido su meritoria carrera, desde la Gran Cruz al Mérito Constitucional y la Encomienda de Alfonso X El Sabio, hasta la Medalla de Oro de la Provincia de Burgos. Pero probablemente su mejor galardón, al margen, claro es, del que reciba en la otra vida, sea el grato recuerdo que deja su atractivo ejemplo en quienes tuvimos la suerte de tratarle, eso que los clásicos llamaron la fama. Descanse en paz.
Publicado en Diario de Burgos el 11 de septiembre de 2008

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Lo que enseñan los periódicos atrasados

Suele tenerse por bueno que no hay nada más atrasado que el periódico de ayer, y la sentencia lleva buena carga de verdad. Con todo, una mirada retrospectiva a los periódicos de antaño, aunque no aporte nada sobre la actualidad, aporta lecciones muy interesante sobre nuestro pasado y sobre cómo se percibió en el día a día.
Los primeros papeles periódicos de Segovia circularon cuando reinaba en España Carlos IV, los Estados Unidos estaban en trámite de aprobar su Constitución, y Napoleón Bonaparte, a sus 16 años, se graduaba como alférez de Artillería al servicio del rey de Francia. Los sucesores de aquellos papeles siguen circulando hoy.
La historia de las publicaciones segovianas está marcada, como manda la geografía, por la proximidad a Madrid. En realidad esto vale para toda la prensa castellana y leonesa, pero pesa especialmente en el caso de los diarios segovianos: los de Madrid estaban pronto en las calles de Segovia y eran competencia importante para cualquiera que intentara sacar a la calle sus opiniones impresas todos los días. En 1890 llegó el primer intento, que se llamó, como cabía esperar, Diario de Segovia. Cerró pronto. Pero dejó el desafío en el aire, y El Adelantado, que salía dos veces por semana, se animó a hacerlo a diario en el verano de 1991: aguantó unos pocos meses el duro ritmo del día tras día, y al poco cesó en su empeño. Hubo que esperar hasta 1899 para que cuajara la publicación de un diario en la ciudad: el Diario de Avisos de Segovia. Era algo más que un periódico, sus tertulias eran el foro de debate cultural y político más caracterizado en la ciudad.
Fue así como, en los albores del siglo XX, ya con un diario en Segovia, algunos echaron de menos otra voz, que diera un tono más plural e intenso al periodismo de la ciudad. La iniciativa de crearlo partió de uno de los contertulios de la redacción del Diario de Avisos: Rufino Cano de Rueda. Adquirió el semanario El Adelantado cuando murió su dueño, y le alargó el título convirtiéndolo en El Adelantado de Segovia. A las pocas semanas, en octubre de 1901, comenzó lo transformó en diario.
La iniciativa se demostró duradera. Salvo unos meses en 1904-1905 en que se fusionó administrativamente con el Diario de Avisos de Segovia, El Adelantado de Segovia ha seguido fiel a la cita con los lectores —salvo suspensiones o causas de fuerza mayor— hasta el día de hoy. La empresa editora fue adquiriendo porte: además de imprenta propia tenía servicio de telégrafo, corresponsales en los pueblos, suscripciones a agencias para las noticias del exterior, redactores y reporteros propios. En 1916 dejó de publicarse su competidor, el Diario de Avisos de Segovia: no es fácil la vida de una empresa periodística. Disculpó su cierre con la declaración de independencia política de su colega El Adelantado de Segovia: hablar de diarios es inevitablemente hablar de política.
Surgieron y cerraron otros diarios en nuestra ciudad, pero sólo El Adelantado de Segovia siguió resistiendo la dura prueba del tiempo. En la Segunda República la competencia se hizo mayor. Y la vida más difícil: el gobierno obligó a suspender un mes la publicación del diario en 1932, y la censura dejó huella en sus páginas con frecuencia, especialmente en 1936. Con todo, la empresa siguió adelante, de la mano del hijo del fundador, Luis Cano Lozano, desde 1931. Este relevo familiar, el primero que se vivía en Segovia, fue el marchamo de la consolidación de la empresa.
En 1936, con motivo del alzamiento militar suspendió su publicación hasta el 27 de julio. Después de la guerra El Adelantado de Segovia siguió siendo el único diario de Segovia, pero ahora bajo la estrecha vigilancia de un Estado convencido que solo con su garantía la prensa podía ser lo que debía ser. La falta de libertad de expresión hizo que los hitos más importantes de esos años fueran los cambios materiales: en 1952 la maquetación y en 1965 la creciente información gráfica.
En los setenta llegaron cambios más intensos: la propiedad y la dirección del diario dejaron de estar unidas en la misma persona tras el fallecimiento de Luis Cano; llegó la libertad de expresión; en 1979 una intensa renovación tecnológica, y en los ochenta la diversificación de secciones y especiales, la integración en agencias regionales y nuevos cambios en maquinaria y tecnología de la redacción, que dejó el centro de la ciudad por instalaciones en la zona industrial. La innovación tecnológica volvió pronto a ser protagonista: en junio de 1994 El Adelantado de Segovia se convirtió en matutino, y en 1996 fue el primer diario de Castilla y León con publicación electrónica.
Desde 2001, El Adelantado de Segovia forma parte del selecto club de los diarios centenarios de España. Es, además, uno de los pocos cuyo principal accionariado sigue vinculado a la familia del fundador. Su historia, como la de todos los que han superado cien años de prueba del tiempo, nos muestra el difícil entramado de trabajos que precisa la tarea de informar a diario: sensibilidad cultural, interés informativo, apertura a la opinión, buen hacer empresarial, y no menos pericia periodística.
Pablo Pérez López
Profesor de Historia Contemporánea de la UVa (Campus de Segovia) y coordinador de contenidos para Segovia de la exposición «150 años de prensa diaria en Castilla y León. 1856-2006».

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La nueva censura

Hace seis años propuse a unos estudiantes de doctorado la posibilidad de trabajar en la historia reciente de nuestra comunidad autónoma. Ante la práctica inexistencia de trabajos sobre la cuestión, me parecía urgente poner manos a la obra para evitar que, por falta de atención, la documentación se perdiera y los acontecimientos terminaran por estar desdibujados en la memoria colectiva. Uno de los que se animó a hacerlo, Mariano González Clavero, trabajó bajo mi dirección cuatro años largos en la localización de documentos, clasificación, estudio de éstos y de la bibliografía, hasta conseguir trazar un relato ordenado y completo del proceso autonómico de Castilla y León.
No fue tarea fácil. La comunidad autónoma es extensa —¿quién no lo ha oído decir?— y la peregrinación por los archivos exigía paciencia, buenas dosis de entusiasmo, gasto de tiempo y de dinero. Afortunadamente contábamos con alguna financiación de la Consejería de Cultura de la Junta para llevar adelante el proyecto que permitió sufragar algunos de esos desplazamientos. Mariano González realizó un trabajo metódico y minucioso que sacó a la luz abundante documentación original, y que ilustraba sobre la complicada andadura del nacimiento de Castilla y León. La cuestión de los territorios que la integraban parecía un trasunto de la dificultad de definición de España como conjunto nacional. Una tras otra fueron objeto de debate la cuestión de Santander, que terminó por ser Cantabria; Logroño, que se convirtió en La Rioja; León, que no se sabía si debía ser o no región ni si en ese caso debía ser uniprovincial; Burgos, que reclamaba otro mapa y —sobre todo— ser la capital; y finalmente Segovia, que terminó por decidir que no quería integrarse en comunidad autónoma alguna. El resutado fue que nuestro Estatuto de Autonomía fue el último en aprobarse, y que lo hizo después de una historia tan azarosa como interesante y digna de ser estudiada.
Mariano González lo hizo, y presentó con mi aval su trabajo ante un tribunal de cinco doctores en Historia, especialistas en Contemporánea y reputados por sus estudios en temas afines. Pertenecían a las Universidades de Salamanca, Autónoma de Madrid, del País Vasco y de Valladolid. Tras leer el trabajo y debatir sobre él, decidieron que merecía la máxima calificación, sobresaliente cum laude, con la que confirieron también al autor el grado de Doctor, en reconocimiento a su meritorio trabajo. En definitiva, la institución universitaria reconoció que Mariano González Clavero, con su historia del proceso autonómico de Castilla y León había contribuido de manera significativa, rigurosa y sólida al incremento de nuestros conocimientos históricos.
Un año más tarde la Fundación Villalar, fiada en el criterio de los universitarios, dio a la imprenta una versión reducida de ese trabajo que ha sido también la primera publicación promovida por ella. Buen número de especialistas españoles y extranjeros han conocido el libro, del que han hecho juicios elogiosos. No obstante, como siempre, sólo andando el tiempo, con trabajos que complementen éste tendremos una visión más exacta de nuestro pasado político reciente. Así es nuestra forma de trabajar.
Pues bien, hace dos semanas unos leoneses cuya cualificación profesional desconozco, acusaron a la obra de negar la identidad regional leonesa. Aducían para hacerlo unas cuantas citas, discretamente tergiversadas, que el Diario de León recogió en su primera página con grandes tipos. El autor, y la Fundación Villalar, afirmaban, negaban a León como región.
Esta semana, el Ayuntamiento de León ha aprobado una moción, con los votos de la UPL y del PSOE, que declara a Mariano González Clavero persona non grata. Algún concejal le insultó públicamente en el pleno. Piden además que se retire su libro de la circulación.
El dislate y ofensa a la inteligencia que supone semejante comportamiento me parece que reclaman de los que hemos hecho del estudio nuestra profesión, y de toda persona sensata, una protesta enérgica y una oposición decidida. Si el modo de dirimir nuestras disputas son las descalificaciones, condenas y prohibiciones de la circulación de ciertos libros, caminamos hacia la entronización de la estupidez y hacia el reino de la violencia. Algunos creemos en el estudio, el contraste de informaciones, el rigor crítico y el debate sereno como caminos para hacer crecer el conocimiento. Si por eso merece alguno de nuestros colegas la reprobación, yo también la merezco. Así lo hago presente a los ediles leoneses: señores censores, ténganme por solidario de Mariano González Clavero.
Produce lástima una conducta como la que ha tenido que sufrir el Doctor González Clavero. Pero produce también indignación. Pienso que conviene que lo sepan los políticos metidos a censores, y haré cuanto esté en mi mano por hacérselo saber. No les dejaremos imponer esa censura. Nos va en ello la posibilidad de seguir buscando la verdad sin miedos ni hostigamientos de banderías, nos va en ello la libertad en el pensamiento, y la defenderemos por todos los medios legítimos.
Pablo Pérez López

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La nueva censura

Hace seis años propuse a unos estudiantes de doctorado la posibilidad de trabajar en la historia reciente de nuestra comunidad autónoma. Ante la práctica inexistencia de trabajos sobre la cuestión, me parecía urgente poner manos a la obra para evitar que, por falta de atención, la documentación se perdiera y los acontecimientos terminaran por estar desdibujados en la memoria colectiva. Uno de los que se animó a hacerlo, Mariano González Clavero, trabajó bajo mi dirección cuatro años largos en la localización de documentos, clasificación, estudio de éstos y de la bibliografía, hasta conseguir trazar un relato ordenado y completo del proceso autonómico de Castilla y León.
No fue tarea fácil. La comunidad autónoma es extensa —¿quién no lo ha oído decir?— y la peregrinación por los archivos exigía paciencia, buenas dosis de entusiasmo, gasto de tiempo y de dinero. Afortunadamente contábamos con alguna financiación de la Consejería de Cultura de la Junta para llevar adelante el proyecto que permitió sufragar algunos de esos desplazamientos. Mariano González realizó un trabajo metódico y minucioso que sacó a la luz abundante documentación original, y que ilustraba sobre la complicada andadura del nacimiento de Castilla y León. La cuestión de los territorios que la integraban parecía un trasunto de la dificultad de definición de España como conjunto nacional. Una tras otra fueron objeto de debate la cuestión de Santander, que terminó por ser Cantabria; Logroño, que se convirtió en La Rioja; León, que no se sabía si debía ser o no región ni si en ese caso debía ser uniprovincial; Burgos, que reclamaba otro mapa y —sobre todo— ser la capital; y finalmente Segovia, que terminó por decidir que no quería integrarse en comunidad autónoma alguna. El resutado fue que nuestro Estatuto de Autonomía fue el último en aprobarse, y que lo hizo después de una historia tan azarosa como interesante y digna de ser estudiada.
Mariano González lo hizo, y presentó con mi aval su trabajo ante un tribunal de cinco doctores en Historia, especialistas en Contemporánea y reputados por sus estudios en temas afines. Pertenecían a las Universidades de Salamanca, Autónoma de Madrid, del País Vasco y de Valladolid. Tras leer el trabajo y debatir sobre él, decidieron que merecía la máxima calificación, sobresaliente cum laude, con la que confirieron también al autor el grado de Doctor, en reconocimiento a su meritorio trabajo. En definitiva, la institución universitaria reconoció que Mariano González Clavero, con su historia del proceso autonómico de Castilla y León había contribuido de manera significativa, rigurosa y sólida al incremento de nuestros conocimientos históricos.
Un año más tarde la Fundación Villalar, fiada en el criterio de los universitarios, dio a la imprenta una versión reducida de ese trabajo que ha sido también la primera publicación promovida por ella. Buen número de especialistas españoles y extranjeros han conocido el libro, del que han hecho juicios elogiosos. No obstante, como siempre, sólo andando el tiempo, con trabajos que complementen éste tendremos una visión más exacta de nuestro pasado político reciente. Así es nuestra forma de trabajar.
Pues bien, hace dos semanas unos leoneses cuya cualificación profesional desconozco, acusaron a la obra de negar la identidad regional leonesa. Aducían para hacerlo unas cuantas citas, discretamente tergiversadas, que el Diario de León recogió en su primera página con grandes tipos. El autor, y la Fundación Villalar, afirmaban, negaban a León como región.
Esta semana, el Ayuntamiento de León ha aprobado una moción, con los votos de la UPL y del PSOE, que declara a Mariano González Clavero persona non grata. Algún concejal le insultó públicamente en el pleno. Piden además que se retire su libro de la circulación.
El dislate y ofensa a la inteligencia que supone semejante comportamiento me parece que reclaman de los que hemos hecho del estudio nuestra profesión, y de toda persona sensata, una protesta enérgica y una oposición decidida. Si el modo de dirimir nuestras disputas son las descalificaciones, condenas y prohibiciones de la circulación de ciertos libros, caminamos hacia la entronización de la estupidez y hacia el reino de la violencia. Algunos creemos en el estudio, el contraste de informaciones, el rigor crítico y el debate sereno como caminos para hacer crecer el conocimiento. Si por eso merece alguno de nuestros colegas la reprobación, yo también la merezco. Así lo hago presente a los ediles leoneses: señores censores, ténganme por solidario de Mariano González Clavero.
Produce lástima una conducta como la que ha tenido que sufrir el Doctor González Clavero. Pero produce también indignación. Pienso que conviene que lo sepan los políticos metidos a censores, y haré cuanto esté en mi mano por hacérselo saber. No les dejaremos imponer esa censura. Nos va en ello la posibilidad de seguir buscando la verdad sin miedos ni hostigamientos de banderías, nos va en ello la libertad en el pensamiento, y la defenderemos por todos los medios legítimos.
Pablo Pérez López

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