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El futuro de la Historia. The Future of History

El futuro de la Historia. The Future of History

John Lukacs. Turner. Madrid (2011). 158 págs. 19,90 €. Traducción: María Sierra.

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Este breve libro es uno de los más deliciosos que he leído sobre teoría de la historia. Uno de los más breves, de los más claros, de los que más preguntas dejan abiertas y de los menos pretenciosos.

Probablemente mi deleite en la lectura tiene mucho que ver con mi coincidencia en prácticamente todas las apreciaciones de Lukacs, no voy a ocultarlo; pero el caso es que con él me he sentido como quien recibe un inesperado y valioso regalo. Una muestra: en la página 19 se lee que “Jacob Burckhardt

les había dicho a sus alumnos que la historia carecía de método. Les dijo esta frase en italiano: Bisogna saper leggere, ‘tenéis que saber leer’, que es tan cierta hoy, en nuestra era de las imágenes como entonces. O incluso quizá más”. Quien ha sufrido los empalagosos discursos sobre metodología habituales en nuestras universidades y seminarios de investigación sabe lo verdaderas y liberadoras que suenan esas palabras.

Lukacs escribe desde sus 87 años, con una experiencia profesional muy dilatada, y una obra abundante e interesante. En castellano han visto la luz cuatro libros suyos:Cinco días en Londres. Mayo 1940. Churchill solo frente a Hitler (2001); El Hitler de la historia: juicio a los biógrafos de Hitler (2003); Junio de 1941. Hitler y Stalin (2007); ySangre, sudor y lágrimas. Churchill y el discurso que ganó una Guerra (2008). El libro que ahora nos ocupa tiene cierto sabor de despedida, especialmente el último capítulo, «Apología», que es un juicio acerca de su propia obra. Me ha parecido admirable.

Lukacs sostiene que la historia como disciplina nació hacia 1770, y que desde entonces la conciencia histórica no ha dejado de crecer, impregnando la cultura occidental, dominante en este tiempo. Se manifiesta, por ejemplo, en que si no sabemos de qué fecha es algo nos sentimos incapaces de interpretarlo e incluso de comprenderlo. Pero no sabe si en el futuro esto seguirá siendo así. Duda incluso si los libros seguirán existiendo o no, ya que detecta un progresivo retroceso de su uso entre los estudiantes universitarios, y supone que los cambios podrían llevar a otro tipo de vehículo de intercambio cultural, e incluso a la pérdida de la civilización.

Desde luego, no duda que actualmente hay síntomas de disolución acelerada de la nuestra. Sus predicciones en este sentido no son muy optimistas, y estima que este tipo de cambios puede terminar con la forma de hacer historia tal como la conocemos. Piensa que esa conciencia histórica especialmente arraigada es característica de la que él llama “Edad Europea”, que iría de 1500 a 1950 (o 1945 si se prefiere). La traductora ha preferido emplear el término “Era” en lugar de “Edad” pero espero que disculpe mi libertad al interpretarla. Lo interesante es que Lukacs propone ese cambio de nombre porque el de “Moderna” no le satisface.

Conviene recordar que “Moderna” es el término que emplean los angloparlantes para los 5 últimos siglos: no llaman contemporáneos a los dos últimos como hacemos nosotros siguiendo a los franceses. La razón de la propuesta procede del cambio de significado de las palabras antiguo y moderno. Si todavía a principios del siglo XX el primero era un término negativo y el segundo positivo, a la altura de 1960 –en EE.UU. al menos– ya era al revés: tener una casa antigua era preferible a tener una moderna. Esto está en relación con la actitud que se adopta ante la idea de progreso, cada vez menos confiada en nuestras sociedades. Esto parece sugerir que, antes o después, la oposición entre izquierda y derecha, entre conservadores y liberales, ya no será reconocida como divisoria, sino que más bien, citando a Wendell Berry, lo será la división entre los hombres que se tendrán a sí mismos por seres humanos y los que se verán como máquinas (p. 70).

Lukacs está convencido de que la historia no es una ciencia, al menos no como las ciencias naturales. Piensa que el desarrollo de la mentalidad científica y su método ha sido contemporáneo al de la conciencia histórica pero que son diferentes y pueden evolucionar de distinta forma. La historia es, para él, más literatura que ciencia, y dentro de la literatura, la novela ha sido el género que más ha contribuido a formar la conciencia histórica.

Ahora bien, la historia es literatura basada en hechos reales, que se ocupa de gente que realmente ha existido, y que se empeña en distinguir lo verdadero de lo falso, una tarea tan difícil que es en sí misma el núcleo del quehacer del investigador histórico. Pero no solo en la tarea de la búsqueda, sino en la de articular el discurso, porque esa acción es siempre una acción moral. Para Lukacs, la misión de la historia es combatir por hacer presente la verdad, algo más primario e importante que hacer triunfar la justicia. Creo que tiene toda la razón.

Lukacs repite varias veces que las personas no tienen ideas, las eligen. El futuro de la historia dependerá de esas elecciones por parte de historiadores profesionales, aficionados (muchas veces más importantes que los profesionales a la hora de escribir historia), distribuidores y lectores, o mejor, público, por si se perdieran los libros y las palabras. Es decir, no sabemos exactamente cuál es el futuro de la historia. Pero podría ser muy bueno y, desde luego, estaría en deuda con John Lukacs.

 

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