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Humo humano. Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial y el fin de la civilización

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Nicholson Baker, Debate. Barcelona, 2009. T.O.: Human Smoke

 

El general alemán Franz Halder, un descontento con Hitler desde el principio, terminó la guerra encarcelado en un campo de concentración. Hacia el final de la contienda vio entrar en su celda copos de humo. Los llamó humo humano.

Un predicador norteamericano, John Haynes, pacifista y dramaturgo, expresó lo que pensaba recuperando una cita de San Agustín que describía una victoria romana en la que el conquistador acabó pareciéndose al conquistado: “el precioso tesoro de nuestra civilización está a punto de ser barrido.” Era el 14 de diciembre de 1941.

Con esos elementos se entiende mejor el título de esta obra cuyo estilo imitamos en los párrafos anteriores. Es un libro sin índice. No puede tenerlo porque no se estructura en capítulos ni epígrafes, únicamente en párrafos, o agrupaciones de párrafos que relatan o evocan unas palabras o unos hechos por lo general minuciosamente localizados. Escrito con un estilo deliberadamente sobrio, constituye un ejemplo de argumentación más emotiva que racional. No es la lógica lo que se impone, al menos no directamente, sino la impresión que transmiten un conjunto de pinceladas de técnica impresionista.

El autor consigue lo que pretende: transmitir unas ideas casi por con-sentimiento o compasión, sin agregar argumentaciones propias a lo que parecen meros enunciados de hechos o dichos. La fuerza argumental del texto se asemeja así a la que el cine documental tiene para los espectadores: da la impresión de que, simplemente, se está siendo testigo de hechos desnudos. Pero, evidentemente, no es eso lo que ocurre, al menos no es todo lo que sucede.

Al final del libro, cuando el autor culmina su brillante exposición, también desvela sobriamente su propósito: rendir homenaje a los pacifistas británicos y norteamericanos que intentaron salvar a los refugiados judíos, alimentar a Europa, reconciliar a Estados Unidos y Japón y evitar que estallara la guerra. «Fracasaron, pero tenían razón» (p. 528).

Así pues, Baker piensa que la guerra pudo haberse evitado si los pacifistas hubieran sido escuchados. No lo fueron, según él, porque los belicistas ganaron el debate político y condujeron al Reino Unido primero y a los Estados Unidos después, a una conflagración que tanto Churchill como Roosevelt deseaban. Los dos estadistas se nos presentan como belicistas e incluso brutales, obsesionado el primero con los bombardeos y el segundo con la marina. La descripción que se hace de su obstinación por ir a la guerra provoca que Hitler aparezca a veces como un moderado, y siempre como un moderable. Es necesaria esa comparación porque es la única forma de dar a entender que la guerra pudo haberse detenido mediante acciones pacíficas.

La contradicción que encierra esta argumentación con algunos hechos, ni se considera. Se recogen incluso datos difícilmente compatibles con la tesis del libro; pero eso no desvía su argumentación. Por ejemplo, se narra (pp. 88-89) cómo fue relevado de la jefatura del Estado Mayor alemán el general Beck en 1938 por oponerse a los planes de Hitler de anexionar Checoslovaquia. Se explica que le sustituyó su segundo, Halder, que conspiró con otros militares para derrocar a Hitler y evitar que el líder nazi provocara una nueva guerra mundial. Pero cuando su golpe iba a producirse, Chamberlain, el primer ministro británico, se avino a ceder Checoslovaquia con tal de evitar la guerra. «El general Halder, agotado y creyendo que la mejor oportunidad de derrocar a Hitler acababa de perderse, apoyó la cabeza en el escritorio y lloró.»

La de Chamberlain, aunque la más famosa, no fue la única decisión en línea de apaciguamiento, o pacifista, que se adoptó en esos años: y condujo a la guerra. Baker sostiene, en cambio, lo contrario. Pero es que su estilo permite mantener tesis contradictorias, como es propio de un discurso más emocional o sentimental que racional.

La obra tiene entre otros méritos hacer pensar sobre una realidad que ya ha sido puesta de relieve por los historiadores: la gravedad moral de las decisiones aliadas sobre el bombardeo de poblaciones civiles. Otra cosa es que se presente a Churchill como el más sanguinario inventor del bombardeo de las poblaciones civiles y el hostigador de un Hitler deseoso de detener la guerra. Esto segundo se compadece mal con multitud de hechos que no se mencionan. El más clamoroso es el caso de la Rusia comunista: a diferencia de Churchill, Stalin sí pactó con Hitler, trató de evitar la guerra, le facilitó importante ayuda y, finalmente, fue atacado y protagonizó la guerra más intensa en Europa, muchísimo más importante que la que se libró en el frente occidental, que parece ser la única para Baker. Puede que en este punto esté una de las omisiones más graves del libro.

Otro dato histórico relevante es que la obra se detiene el 31 de diciembre de 1941. Es decir, se centra en las razones por las que los Estados Unidos se vieron introducidos en la guerra, arrastrados, según el autor, por Churchill y el belicismo de Roosevelt frente a un Japón que aparece deseoso de evitarla. Hubiera sido una bonita historia, pero no hay manera de creerla viendo lo que Japón venía haciendo en Manchuria y en China desde 1931 y todavía más desde 1937.

La cuestión del holocausto judío mercería un comentario aparte. Baker sostiene que sin el empecinamiento belicista angloamericano, seguramente Hitler hubiera llevado adelante un programa de expulsión y reasentamiento judío, en Madagascar, por ejemplo, pero no una aniquilación sistemática.

Estamos, pues, en mi opinión, ante un libro interesante, que genera un sano desasosiego frente a la interpretación dominante de la Segunda Guerra Mundial, que ayuda a reflexionar sobre la responsabilidad moral y los errores de los Aliados, pero inconsistente al presentar algunos hechos, sobre todo por omisión y otras veces por falta de coherencia. No parece que vaya a ser el último en esta línea. Hoy mismo un diario español publica una entrevista con un autor que sostiene tesis parecidas. Setenta años después de su comienzo, y terminada la larga posguerra que se vivió como Guerra Fría, parece que entramos en una nueva fase de interpretación de la peor guerra de la historia.

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