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El precio y el fruto de no rendirse

John Lukacs, Sangre, sudor y lágrimas. Churchill y el discurso que ganó una guerra. Madrid. Turner (2008). T.o: Blood, Toil, Sweat and Tears. The Dire Warning.

Anna Mieszkowska. La madre de los niños del holocausto. Barcelona. Styria, (2008). 256 págs.

Dos traducciones recientes permiten acercase con perspectivas muy distintas al fenómeno de la resistencia frente a un poder adverso. Una, de John Lukacs, se focaliza en uno de los discursos más famosos de Winston Churchill, su primera alocución como Primer Ministro en el Parlamento, el 13 de mayo de 1940, mientras las tropas alemanas irrumpían imparables en los Países Bajos y en Francia.

Como le ha ocurrido a otras frases de Churchill, una de este discurso ha terminado por hacerse popular: «No tengo nada que ofrecer, salvo sangre, [fatiga], sudor y lágrimas». La palabra fatiga, toil, se ha escamoteado otra vez en la traducción tanto del título como del discurso, para desconcierto del lector y pervivencia del tópico castellano que prefiere una traducción inexacta. La otra historia evoca la vida de Irena Sendler, una asistente social polaca que salvó más de 2.500 niños judíos de una muerte segura en los años de ocupación alemana de Varsovia. Sendler es menos conocida, y sólo ha comenzado a hablarse más de ella en los últimos años, a raíz del interés mostrado por su vida por parte de unas jóvenes estudiantes norteamericanas.

El caso de Churchill nos coloca ante una historia que, como todas las humanas, encuentra en los momentos de dificultad algunos de los más intensos. La vida de Winston Churchill hasta 1940, y quizá también después, puede ser vista como una concatenación de fracasos. Así se titula una obra dedicada a este personaje que cita Lukacs. En 1939 su carrera política, y su prestigio, incluso dentro de su propio partido, estaban en su momento más bajo. Sin embargo, el fracaso de la política de Chamberlain, el jefe de su partido, acabó por conducirlo inesperadamente al frente del Reino Unido y del Imperio Británico en una hora crucial. El momento era muy grave, y así lo percibía el propio Churchill, que no estaba seguro de si se estaba todavía a tiempo de hacer algo que pudiera funcionar para parar a Hitler.

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Churchill y la decisión de resistir

Esta es la primera cuestión fundamental en la que cabe fijar una baliza para trazar paralelismos en la vida de estos resistentes: en el momento de la dificultad, incluso de la dificultad extrema, no dudaron en que debían seguir sosteniendo su ideal, y luchar por él aunque les acarreara la destrucción. Churchill debió enfrentarse a su partido, el Conservador, que no confiaba en él, y por tanto también a un Parlamento titubeante, y a unos compañeros de gobierno que dudaron muy seriamente en mayo de 1940, ante el hundimiento francés, si no había sonado la hora de pactar con Hitler y firmar la paz.

Uno de los puntos centrales en la vida política de este longevo hombre público fue esta decisión suya de no pactar, pasara lo que pasara, con los nazis, su convicción de que era preferible resistir y combatir, hasta perecer destruidos si fuera preciso, antes que acordar algo con ese enemigo y convertirlo en socio. La sola idea del pacto, y todavía más su firma, equivalían a una aniquilación más intensa y humillante que la muerte en combate. A los primeros que debió convencer de esto fue a sus compañeros del gabinete de guerra. Lo interesante es que lo consiguió, según apunta Lukacs, merced a su magnanimidad: la generosidad con que trató a los que eran sus adversarios en muchos sentidos, hizo posible que estos admitieran su política como aceptable, no concitaran al partido a enfrentarse a Churchill y votaran finalmente a favor de continuar la guerra.

Convicciones, capacidad oratoria y de negociación política, magnanimidad en la relación con los colegas, capacidad de sacrificio, determinación, y confianza en su pueblo, fueron los ingredientes que permitieron a este líder, avezado en los fracasos, convertirse en un talismán de la lucha por la victoria en un momento crítico que él describió así: “de [la batalla de Inglaterra] depende la supervivencia de la civilización cristiana.” Lukacs muestra cómo semejante descripción era más que un recurso retórico.

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Salvar a los niños del holocausto

El caso de Irena Sendler es muy distinto en contenidos: asistente social del ayuntamiento de Varsovia, con el comienzo de guerra y de la ocupación alemana intensificó sus tareas asistenciales y comenzó a dedicarse intensamente a los más indefensos: los niños judíos recluídos en el gueto. Irena era católica y vivía en la parte “aria” de la ciudad, lo que la permitió entrar y salir con cierta libertad en el gueto y habilitar sistemas para sacar a escondidas a niños que colocaba luego a familias de acogida polacas o a orfanatos regentados por religiosas.

Meticulosa y ordenada, guardaba nota de los nombres reales y de los nuevos que se asignaban a los niños. Ese archivo no estaba en papel, sino en cintas de tela que guardó en botes que enterraba en un jardín para evitar que los localizara la Gestapo. La precaución resultó ser dolorosamente necesaria. Irena fue detenida, llevada a prisión, torturada, y condenada a muerte. No habló, y eso preservó de la destrucción toda la red clandestina de ayuda a los judíos que ella coordinaba. Cuando era conducida a la ejecución, el soborno de uno de sus guardias le salvó la vida. Sus botes archivo cumplieron su función.

También en su caso la decisión de resistir costara lo que costase se sitúa en el centro de la historia. Esta vez no se trató de una decisión política de amplio alcance, como en el caso de Churchill, sino de la fidelidad a sus convicciones de una activista que había heredado de su padre la idea de que lo único importante en la vida eran las personas, con independencia de su raza, religión o cualesquiera otras circunstancias.

También ella dudó inicialmente ante la nueva situación. Es interesante notar cómo en los primeros momentos los polacos se resistían a creer la enormidad del mal que estaba desplegándose ante ellos: “las personas que conocían la cultura alemana tardaron en admitir los actos criminales de Hitler. Estaban convencidos de que los alemanes formaban parte de la cultura y la civilización occidental, y se engañaban con la esperanza de que todo lo que se decía y escribía sobre la tragedia de los judíos alemanes no era más que propaganda.”

Sendler consiguió mantener frente a ese horror una acción que aunque limitada, y ciertamente arriesgada, demostraba de hecho que había esperanza, que el mal no podía triunfar sobre el bien. Esa era la pieza clave para mantener la resistencia en las horas más negras: conservar la esperanza en que “el único camino que puede llevar al renacimiento de la humanidad es el amor por encima de todo”.

Raíces cristianas

Aunque cristianos, ninguno de los dos protagonistas de estas historias fueron especialmente devotos. Lukacs, no obstante, no duda en señalar la raíz profundamente cristiana de la decisión de Churchill, inseparable de su idea de Occidente. Mieszoska, en cambio, evita cualquier referencia a lo trascendente de forma sistemática, pese a que desempeñó un papel importante en la vida de Sendler. Por otro lado, su interesante narración está ejecutada con un estilo algo confuso, a veces totalmente de espaldas a la claridad cronológica.

Un apunte final sobre las contradicciones que siguieron a los hechos centrales de estas dos vidas. Churchill, además de perder las elecciones en 1945, debió admitir al final de la guerra el predominio del aliado soviético y denunciar en él un nuevo enemigo no menos grave que el nazi, y además encarar la decadencia del Imperio Británico y mirar de frente a su desaparición.

Sendler, militante de partidos de izquierda por su compromiso social, se salvó por poco de ser condenada a muerte por los comunistas: la intervención de una de las personas que ella había salvado evitó in extremis su muerte. Además, su matrimonio fracasó, en parte como consecuencia de su falta de dedicación a la familia, por exceso de activismo social. Con todo, ni uno ni otra pusieron jamás en duda que su decisión de resistir no hubiera valido la pena: todo lo contrario. Es fácil reconocer que ahí radica su mayor contribución. Para quienes se rindieron, en cambio, la historia fue muy diferente.

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