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La carrera espacial, la ciencia, el pragmatismo y la ética

50 años de satélites
En la mañana del 4 de Octubre de 1957 el mundo recibió una de las noticias más impactantes del siglo XX: por primera vez en la historia de nuestra civilización se logró enviar un artefacto al espacio exterior. Era soviético. La revista Time declararía hombre del año 1957 a Nikita Kruschev, el hombre fuerte del Kremlim, que apareció en la portada del semanario coronado con la fortaleza de ese nombre y un Sputnik entre las manos. El mundo estaba asombrado, la Unión Soviética más que satisfecha, y los Estados Unidos de América francamente asustados.
Cabe preguntarse a qué tanta alarma ante lo que al parecer no era sino un logro científico, o por mejor decir, tecnológico, pero a cualquiera que conociera la historia de la ciencia y la tecnología en los últimos años la inquietud ante la noticia no le extrañaría lo más mínimo. Poner en órbita un artefacto era un objetivo que pertenecía al dominio de los cohetes, de la aeronaútica por tanto, y desde 1957 de lo aeroespacial. Pues bien, justamente la primera vez que los gobiernos intervinieron seriamente con programas de desarrollo científico y tecnológico controlados por los Estados fue durante la Primera Guerra Mundial para el desarrollo de la aviación y sus aplicaciones militares. La cuestión de los cohetes, un tanto marginal inicialmente, había sido una especialidad alemana en los años veinte y treinta. El asunto central en ese terreno era conseguir diseñar motores eficaces capaces de impulsar con fuerza suficiente una carga y de conducirla hacia un objetivo predeterminado. En el colmo de la potencia soñada se situaban los motores capaces de arrancar un cuerpo de la fuerza de atracción gravitatoria, de sacarlo de la tierra hasta convertirlo, por lo menos, en satélite artificiales del planeta y quizá lanzarlo al espacio exterior. Muchos, entre ellos Julio Verne, habían soñado con ello. Entre los que soñaban conlograrlo estaba un joven ingeniero alemán, aficionado a los cohetes caseros desde la adolescencia, se llamaba Werner von Braun (1912-1977).
Ingeniero y doctor en Física, Von Braun estaba trabajando en cohetes para el ejército alemán antes de la llegada de Hitler al poder, y siguió haciéndolo con éste en el gobierno. La razón era bien sencilla: sólo un ejército tenía la capacidad de movilizar recursos económicos suficientes para desarrollar grandes cohetes, por eso los ejércitos han sido siempre uno de los principales inversores en nuevas tecnologías, verdad de hierro que conocen todos los historiadores de la ciencia. Los nazis fueron en este sentido unos entusiastas promotores de la mejora tecnológica. En la isla danesa de Peenemunde montaron instalaciones gigantescas dedicadas al programa de cohetes, en las que trabajaban unos 6000 ingenieros. Esa industria punta se basaba también en el trabajo esclavo de miles de prisioneros y deportados en el centro de Europa. Pero los logros tecnológicos fueron sin duda grandes: los alemanes tuvieron listos misiles en 1942 y comenzaron a utilizarlos en 1944 en el frente occidental: sus V1 y V2. Los angloamericanos realizaron un bombardeo devastador de Peenemunde para tratar de anular esta industria, sin conseguirlo del todo.
Es interesante recordar que von Braun tuvo problemas con la Gestapo por manifestar públicamente que le importaba más lograr cohetes capaces de viajes espaciales que el futuro de Hitler y su régimen. Es interesante también notar que en 1944 los soviéticos pusieron en libertad a su máxima autoridad en cohetes, Koroliov, internado diez años en un campo del GULAG acusado de subersión. Korilov se apresuró a buscar información en Alemania sobre los nuevos motores y cohetes en cuanto el Reich se desplomó. Von Braun tuvo muchas posibilidades de terminar en la URSS su proyecto de cohetes, pero los americanos llegaron antes y se lo llevaron al otro lado del Atlántico.
Los años siguientes los cohetes no estuvieron en la primera línea de las preferencias de gasto de los políticos: lo nuclear y los aviones a reacción se llevaron la palma. Pero no dejó de prestárseles atención aunque no fuera más que experimentando con réplicas de las V2 alemanas del final de la guerra. Los soviéticos, no obstante, siguieron adelante con un programa de misiles en el que emplearon planos y personal alemanes hasta 1954, cuando ya habían asimilado todos sus avances. El gran éxito llegó con el lanzamiento del Sputnik. Tanto satisfizo a Kruschev que ordenó que se preparara otro satélite para la celebración del 30 aniversario de la revolución bolchevique un mes después. De paso, se colocó dentro del ingenio una perra, la famosa Laika, que dio su vida en este nuevo paso adelante de la ciencia. Los satélites artificiales habían tomado el relevo a los fuegos artificiales en las celebraciones megalómanas.
Cuando los americanos tuvieron noticia del Sputnik, colocaron a von Braun al frente de su programa espacial, y en poco más de tres meses tuvieron también su satélite artificial. Habían conjurado la amenaza de supremacía soviética y habían comenzado lo que se llamaría la carrera espacial. De ella se han derivado, sin duda, notables beneficios para la humanidad. Pero una mirada retrospectiva a todos estos esfuerzos, logros y motivaciones, no puede por menos de colocarnos ante la pregunta de si no es uno de nuestros grandes desafíos hacer ciencia y técnica con criterio ético y no sólo pragmático.
Pablo Pérez López
Publicado en El Norte de Castilla

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